Hoy, querido Iván, me doy cuenta de que he sido un cupido.
Y me enorgullezco de ello. Los lamentos de la Dama del teatro de las Risas llegaron a mis oidos miles de kilómetros mediante. Acudí a ella tán pronto me fue posible. Y no a mucho tiempo de aquel preciso día el destino os hizo conoceros a tí y a ella, como consecuencia de ser ambos amigos míos.
Yo no era el remedio exacto para sus males, tal vez. De aquí pallá y con ese extraño rumbo desorbitado. Tímido hasta la saciedad. Lleno de rarezas hasta extremos inimaginables. Pero tú, querido Iván, eras la pieza clave.
Permíteme, en esta mi desolada situación, otorgarme el título de ayudador.
Es tiempo, eso sí, ahora y porque yo lo digo, de ayudarme a mí mismo.
Queridas rapazas del espacio profundo, viajantes inagotables, acudid a mí, por favor. Y dejad que mi música deleite vuestras orejas élficas marcianas y, más allá, vuestros modernos sesos. Sed agradecidas a mi ofrenda y mostrados generosas con vuestros encantos de carne y hueso. Porque vosotras, las damas voladoras del espacio profundo, sois las únicas capaces de aguantarme. Y las que con más potencia calmarán mis involuntarias ansias de experiencias extravagantes e insólitas.

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